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La creación de una puesta en escena  acerca de un personaje como Antonin Artaud, representa un reto de envergadura diametralmente opuesta al peso de una nube, pues estamos frente a un autor cuya complejidad y alcances de su obra no se ciñen al territorio escénico, donde en sí ya es es brújula y mapa, sino que se desborda en múltiples recovecos del acontecer humano. En este sentido, la propuesta teatral de Clarissa Malheiros y Juliana Faesler acerca del pensador y creador multidisciplinario francés, es un andamiaje preciso de nociones intelectuales y afectivas sobre su vida y obra.

Al ingresar a la caja negra del teatro Santa Catarina, todas las cavilaciones sobre el peso de una nube se condensan ante nuestro contacto visual con una cabeza que nos mira, mientras parece flotar  por los filos de una probable puerta abierta. A partir de este momento, accedemos a una travesía singular por la vida de Antonin: su madre y su niñez; los delirios de Lacan sobre su condición psiquiátrica; sus reflexiones en torno al cuerpo, el espíritu, la toxicomanía, el dolor, el infinito y la angustia; la literatura, el teatro y la radio; su viaje a México; su burla a la ley; la muerte y el amor.

En este recorrido monológico, Malheiros nos toma sutilmente de la mano con una interpretación minimalista, donde el gesto contenido es de las decisiones más atinadas, pues no sucumbe a la tentación de representarlo con gestos desmedidos y desorganizantes, sino que se abisma en las profundidades del alma y cuestionamientos del humano frágil, preso de la enfermedad y brutalmente  visionario aún en el desborde de la locura. Estamos ahí, de frente a un personaje

complejo de carne y hueso que invoca nuestras lágrimas, risas o alientos de asombro; Clarissa deviene una chamana que nos sana e inquieta a través de la trágica vitalidad de su personaje. En este sentido, es notable el manejo del universo sonoro de la obra, estamos ante una propuesta atractiva e inusual, que deja ver una minuciosa investigación de las posibilidades expresivas de la voz amplificada a través de un micrófono.

La dirección del espacio escénico, a cargo de Faesler y también de Malheiros, enuncia lo no dicho mediante el texto. Cada uno de los elementos en escena posee una carga  poética que termina por convertirlos en una suerte de personajes que nos cimbran con sus profundas revelaciones, una cama, un estepicursor –«nubes del desierto»–; un zapato atado a la cama de hospital donde emerge la figura del doble-marioneta para declarar la imposibilidad y probable anhelo de todo ser humano: poseer dos cuerpos para aliviar los dolores, la angustia, la enfermedad y la muerte. Es impresionante cómo el manejo de elementos inanimados refiere, sin hacer uso de la palabra, a conceptos esenciales del pensamiento de Artaud: el cuerpo sin órganos, el teatro de la crueldad, el misticismo rarámuri.  

En resumen, es un trabajo de comunión estética que denota la misma empatía que más de una persona sentirá al aproximarse a la complejidad de ese gran otro que fue Artaud, incomprensible para algunas comunidades psiquiátricas, artísticas y políticas de su época, pero que en cada posible espectador, hoy día, despertará inquietudes emancipatorias ante nuestros tiempos atroces.

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